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Pere Renom

“No te dimos un lugar fijo, ni faz propia, ni un oficio peculiar, Oh Adán!, porque el lugar, la imagen y los empleos que desees para ti, estos los tengas y poseas por tu propia decisión y elección […] Ni celeste, ni terrestre te hicimos, ni mortal ni inmortal, para que tú mismo como modelador y escultor propio, más a tu gusto y honra te forjes la forma que prefieras para ti.”

Giovanni Pico della Mirandola - De la Dignitat de l'home

Evolucionar de pie

publicado el 17.07.2020

Los humanos somos unos mamíferos excepcionales, no sólo por nuestra inteligencia, sino también por nuestra locomoción bípeda. De hecho, aparte de los canguros, somos los único mamíferos bípedos estrictos. El bipedismo parece que aportó varias ventajas adaptativas: aumenta el campo de visión, disminuye la superficie corporal expuesta a los rayos solares, y libera las manos. Tenemos una serie de modificaciones anatómicas para caminar derechos, a nivel del cráneo, la columna vertebral, la pelvis, las extremidades inferiores y los pies. Pero el bipedismo es muy anterior a los humanos. La gran mayoría de los dinosaurios eran bípedos, como los carnívoros Spinosaurus, Allosaurus, y Giganotosaurus, o los herbívoros como Parasaurolophus. A partir de los restos fósil sabemos que era un bipedismo muy diferente del nuestro, ya que implicaba una columna vertebral casi horizontal o paralela al suelo, con la cabeza y la cola haciendo contrapeso, y basculando sobre las fuertes extremidades posteriores. Evolutivamente esta posición parece que confería más velocidad en la carrera tanto a los predadores como a sus presas. Hoy, todavía hay algunos lagartos cuadrúpedos, que huyen corriendo en dos patas cuando se sienten amenazados.
Los descendientes vivos más directos de los dinosaurios son las aves. Ciertos grupos, como los estruciformes han perdido la capacidad de vuelo y, en cambio, han desarrollado una gran velocidad a la carrera. Son verdaderos dinosaurios plumíferos. En este grupo encontramos el avestruz en África, el emú y el casuario en Oceanía, y el ñandú en Sudamérica.
Tanto las aves, como los humanos hacemos descansar toda nuestra masa corporal encima de los pies. Jordi García, podólogo deportivo, utiliza una plataforma de presiones para explicar cómo los humanos caminamos y corremos. En la marcha, siempre mantenemos al menos un pie en el suelo, y el puente del pie absorbe la presión y ayuda a avanzar. En cambio, la carrera es una sucesión de saltos, y en algunos instantes no hay ningún pie apoyado en el suelo. Por lo tanto, es necesaria mucha más energía, obtenida del sistema de músculos y tendones de la pierna y el pie, actuando a modo de muelle. A más velocidad, es necesario acumular más energía en el muelle, lo que se obtiene reforzando el sistema de músculos y tendones, y reduciendo la superficie de apoyo en el suelo. Esta ha sido la estrategia de las aves corredoras, y como resultado alcanzan una velocidad de unos 50 km/h de manera sostenida, y 70 km/h en un sprint.
Una de las evidencias más antiguas de bipedismo en homínidos corresponde a unas huellas encontradas en ceniza volcánica en Laetoli (Tanzania), fechadas en 3,7 millones de años, y atribuidas a Australopithecus afarensis. En aquellos tiempos el volumen cerebral era mucho menor al actual, lo que indica que el bipedismo precedió a la encefalización. Sobre dos piernas la evolución caminó hacia la inteligencia humana y hacia la velocidad animal. Quien no tiene cabeza, tiene piernas.

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